Yo no creo que a Craso lo matara
un trago de oro líquido. Es más lógico
suponer que algún parto consiguió
derribarlo a espadazos del caballo,
que nadie ornó las cuencas de sus ojos
con el metal sobrante, y que el trofeo
de Orodes se exhibió con la crudeza
que exigía el honor ganado en Carras.
Y sin embargo, el mito es tan hermoso
como inhumano y cruel: la lenta lengua
abriéndose camino por su boca,
el sabor aterrado en las papilas.
La belleza culpable de lo infame.
Francisco José Martínez Morán